>El Principio

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“No somos seres humanos con una experiencia espiritual, somos seres espirituales con una experiencia humana”
“Existen infinitas posibilidades para experimentar la vida. Lo único que se requiere es dar un paso”.

Hubo una época en la que la tierra, las estrellas y todo el vasto universo era un lugar maravilloso, abundante en vida, ordenado, equilibrado, armonioso. Simplemente todo existía y nadie ni nada se cuestionaba su existencia, simplemente existían y contribuían con su existencia a mantener un orden dinámico, un equilibrio; todo estaba al servicio de la vida. Las palabras aún no habían aparecido, ni siquiera habían aparecido nuestros cuerpos porque éramos almas, pura energía al servicio de la creación. Eran tiempos de felicidad plena, de éxtasis. Nuestra existencia era energética, no física y éramos tremendamente felices.

Pero algo pasó, un momento de oscuridad y zas, de repente todo cambió, habitamos por primera vez un cuerpo y aquí comenzó nuestra andadura humana, nuestra experiencia humana.

En aquel tiempo no existían las preguntas, existían las certezas; en aquel tiempo no existían los prejuicios, existía la libertad; en aquel tiempo no existía la enfermedad, existía solo la salud y el bienestar; en aquel tiempo no existía la historia ni la guerra, porque no existía el tiempo donde colocar los acontecimientos ni fuerzas opuestas que quisieran imponer su orden, sólo existía el eterno presente, el poder del ahora; en aquel tiempo todos éramos uno con la existencia porque nuestra energía se intercomunicaba y se fundía con la energía del universo; en aquel tiempo las únicas leyes que existían eran las que rigen el universo, las que rigen la vida.

El universo era bueno, amistoso, abundante y estaba constantemente creando; nuevas galaxias, nuevos seres, nuevas estrellas,… y aún hoy, después de tanto tiempo, el universo sigue siendo amistoso, abundante y generador de más vida.

¿Qué pasó cuando aterrizamos en nuestros cuerpos, cuando empezamos a habitar el planeta tierra?

Tenemos millones de libros que relatan la historia de la humanidad, muchos datos, acontecimientos, progresos…pero que poco dicen de la esencia de nuestra existencia porque sólo hablan de y desde el ego, la mente, la racionalidad. Las palabras transmiten la intención del que las escribe. Y el ego humano es la máscara a través de la cual se expresa el alma. Ésta es una de las cosas que cambió al adquirir existencia física, apareció el ego, totalmente asociado a nuestro cuerpo físico, que nos separó, nos individualizó, nos distinguió de nuestro semejante, nos hizo percibir que somos distintos, diferentes. El alma quedó individualizada en ti, en mi, en todos. En cierto sentido se limitó nuestra percepción de la realidad porque nos separamos de la existencia y comenzamos a identificarnos con nuestra propia mente, nuestra propia historia personal, con nuestro pasado… Con el ego y la mente llegó a nosotros la percepción del tiempo. Y tuvimos que reaprender a vivir con esta nueva estructura física, desde el dolor de existir, que es el único dolor que compartimos todos los seres humanos, el dolor de residir en nuestro cuerpo, de estar anclados al mundo de las formas. Ése es el anhelo que todos compartimos porque venimos de la nada hacia la nada y en nuestras células, en nuestra biología y en nuestros cuerpos energéticos está impresa esta realidad. Nos duele la existencia porque nos han enseñado que es dura, que hay que sufrir, por las miles de creencias que arrastramos, tanto por nuestra biografía personal como por el transmitido de generación en generación. Es por eso que hasta las personas más insensibles sienten emoción cuando ven un cachorro de animal, o un bebé, o una flor rara…o incluso cuando ven un paisaje natural salvaje, porque nuestra esencia de alma sintoniza con la pureza de los bebes y los cachorros, seres llenos de luz, con lo vasto de la existencia cuando nos permitimos fundirnos con la percepción de la naturaleza, con la belleza sutil y aromática de las flores, seres cuya única misión es la de embellecer la faz de la tierra y sensibilizarnos a la belleza de la vida.

Con el ego vino todo lo que cotidianamente percibimos y es desde el ego con el que nos han enseñado a vivir; llenos de prejuicios, con ideas de lo que es bueno y malo, con miedos que nos bloquean (porque el ego es miedo paralizante), percibiendo al otro como enemigo…

El miedo paralizante surge en nuestra vida por la desconfianza en el universo. Pero el miedo, realmente, es energía bruta. Es la fuente y la raíz de cada nuevo movimiento en nuestras vidas. Anclados en nuestras primeras experiencias dolorosas de nuestra infancia, el recuerdo inconciente del dolor sufrido supone un peso con el que seguimos viviendo y condiciona nuestras creencias negativas sobre el mundo, sobre lo que es la vida. Los mandatos religiosos, las creencias transmitidas por nuestros padres, nuestros esfuerzos para crecer adaptándonos a una sociedad egótica y caótica en el que el tengo que… era más importante que el quiero… marcan nuestra forma de percibir la realidad, es nuestro filtro mental y es aquí donde hay que despertar, volver a traer al presente los ojos inocentes y sabios del niño que fuimos, que es el que nos podrá conectar de nuevo con la bondad, la abundancia y el milagro de la existencia. Y digo de nuevo porque nunca hemos perdido esa cualidad de maravillarnos, simplemente se ha quedado cubierta por capas de condicionamientos y creencias limitantes.

Todos en nuestra vida tenemos una dirección. Normalmente buscamos la felicidad, la salud, la abundancia, la prosperidad, la alegría… pero haciendo cosas hacia fuera. Todo parte de una errónea comprensión de lo que es la riqueza, el bienestar, la abundancia, la prosperidad… Hasta ahora era normal creer que estas cosas se consiguen haciendo cosas. Yo te digo que estas cosas ya están ahí, donde estás tú y que no tienes que hacer cosas para experimentarlas salvo una, relajarte. Todo lo que hemos anhelado desde todos los tiempos reside dentro de nosotros.

En este sentido la vida funciona así. Estamos en un momento en que mirar hacia dentro no supone tanto esfuerzo como hace quizás 200 años, o menos incluso. La humanidad ha evolucionado en ese sentido. Ahora es crucial que el ser humano ponga su energía en su propia evolución pero no hacia fuera, evolucionando en riqueza, posesiones y demás objetos materiales sino evolucionar hacia dentro. Mirar hacia dentro supone encontrarse con la verdad de uno mismo, sin juicios ni limitaciones, simplemente encontrarse con los fantasmas que uno mismo ha creado en su historia pasada, con la verdad y con la mentira que ha construido sobre si mismo. Lo que estamos haciendo todos, seamos concientes o no, es trabajar dentro de nosotros, moviendo la energía que nos recorre por dentro pero en común-unión con el otro. Ahora podemos entender que el otro es mi reflejo, mi espejo, parte de mí. Aunque la piel marca un límite físico a lo que nosotros somos, a nivel subatómico ese límite no existe, estamos en contacto con el otro por el simple hecho de que el aire que me rodea me pone en contacto con la piel del otro. Estamos todos unidos, no a nivel físico pero si a nivel metafísico; no a nivel atómico pero sí a nivel subatómico. En ese sentido nosotros somos creadores de nuestra vida en la medida que a nivel metafísico creamos lo que después experimentamos a nivel físico. Los pensamientos son energía que existe más allá de la física, no se puede contabilizar ni calcular ni medir, pero existen a un nivel subatómico y son los responsables de lo que después experimentamos a nivel físico. No somos nuestros pensamientos y eso es un gran alivio pues así podemos tener poder sobre nuestros pensamientos para crear a nuestro alrededor la vida que deseemos.

Los problemas no existen. Son una decisión de uno valorar una situación como un problema o no. La realidad no tienen cabida sin la percepción del observador. Si yo veo todo como un problema la vida me seguirá dando situaciones que pueda seguir viendo yo como un problema. Si un día me levanto y decido dejar de ver las situaciones como problemas sino como oportunidades para crecer el resultado será que empezarás a ver la misma situación desde un prisma constructivo y no destructivo. Esto supone tomar la responsabilidad de la propia vida. La actitud de víctima no ayuda a nadie, ni a uno mismo ni al planeta.

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