Sobre el Juicio y el Discernimiento

En el proceso de evolución y de despertar de la conciencia hay un elemento que muchas veces confundimos y que es motivo de sufrimiento y de bloqueo en el desarrollo del ser por parte de los buscadores espirituales. Esto es la no clara distinción entre lo que es juzgar y lo que es discernir.

A medida que vamos integrando vibraciones más elevadas dentro de nosotros solemos experimentar cierto rechazo de aquello que ya no resuena con nosotros. Este rechazo no es más que un síntomas que nos indica que ya no pertenecemos a determinados ámbitos o ambientes. A veces también lo sentimos con determinadas personas a las que nos hemos vinculado muy de cerca. De repente parece que nos irrita más que nos alegra o nos calma.

Al rendimos a lo que ES experimentamos un salto perceptivo que nos coloca en otra sintonía, en otro estado. Por eso al volver a los ambientes anteriores sentimos de repente malestar, incluso a veces irritabilidad.

Hay que recordar que para los que están comprometidos con su desarrollo y con el proceso de cambio no es buena idea mirar hacia detrás, hacia lo que dejamos pues eso supone malgastar nuestra energía atencional hacia precisamente donde ya no estamos. Hay que mirar siempre hacia lo nuevo, lo fresco, lo que está por venir. Cierto es que muchas veces mantenemos ciertos cordones energéticos con determinadas personas que nos arrastran una y otra vez hacia atrás, hacia donde ya no debemos estar y en este sentido es bueno siempre la ayuda de algún asesor o sanador espiritual que ayude a soltar estos lazos que nos anclan al ciclo de dolor y sufrimiento. Pero lo que uno puede hacer es afinar su discernimiento y elegir.

La diferencia fundamental entre juzgar y discernir radica en lo siguiente.

– El juicio tiene un elemento de proyección, es decir, hay algo en mí que aún me resuena y que proyecto en el otro que me lo está mostrando. Hacemos juicios cuando aún nos anclamos al ego, al personaje que normalmente vive en el pasado. Este personaje siente siempre miedo, miedo de que se desvele su inexistencia real. Por eso necesita del otro para poder percibirse que existe. Y por eso juzga, porque sólo colocando al otro en una posición inferior a él mismo se siente a salvo. A mi me ha pasado personalmente con los ambientes de terapia y de búsqueda espiritual hace ya varios años. Al abrazar ciertas verdades internas e integrar, a través de mi propia experiencia cierta sabiduría y ciertas vibraciones energéticas, comencé a experimentar un rechazo de todos los ambientes donde se meditaba o se practicaban actividades destinadas a sanar. Estos ambientes realmente tienen una vibración densa pues la gente que lo configura van cargados de sus propios miedos y sus propias densidades y yo sentía que ya no pertenecía a ese ambiente. Pero en aquel entonces yo no sabía lo que me estaba pasando y entraba sin darme cuenta en el juicio. Por ejemplo, hacía juicios del tipo “ese no sabe lo que está diciendo”, o “mira tú, no ha evolucionado más allá de sus libros”. A través de mis juicios reforzaba la parte de mí que ya no me pertenecía. Estaba proyectando mi propia vibración densa, mi propio personaje en el otro.

– Discernir en cambio implica una elección. Esto es, si algo no resuena con quién soy ahora tomo la decisión de no frecuentar esos ambientes o personas pero respetando siempre al otro. En el discernimiento no hay una lucha de poder sino respeto y honestidad para quién soy ahora y quién es el otro ahora. Es la elección lo que nos hace dueños de nuestro ser interior. Con el tiempo me dí cuenta de esto y entonces dejé de frecuentar determinados ambientes cuya vibración no estaba en sintonía con el nuevo ser que era en ese momento. Se podría expresar como “no resueno con este ambiente, parece que la vida me invita a transitar por otros senderos”.

Aunque todo es divino, no todo se dirige hacia la divinidad. Hay muchos ambientes enmascarados llenos de buenas intenciones pero que no se dirigen conscientemente hacia el entendimiento del amor, la fuente de toda la creación. En este sentido es crucial saber escuchar la voz interior que nos indica en cada momento donde estar.

En medio de estos dos aspectos está la opinión. La opinión es la expresión del sentir con respecto a algo. Por ejemplo, “no me siento del todo bien en este lugar”, o “está interesante lo que dice pero no resuena con lo que yo siento”. Aquí tampoco hay un juicio, no hay lucha, sólo una expresión de cuál es mi realidad en este momento.

En las relaciones ocurre lo mismo. Cuanto estamos en una relación, tanto sea de amistad como de pareja, podemos pecar en juzgar las actitudes o acciones del otro en la medida que no satisfacen nuestras necesidades actuales. Esto ocurre cuando seguimos pretendiendo que el otro satisfaga lo que únicamente podemos satisfacer nosotros mismos abrazando realidades cada vez mayores de nuestro interior. Lo más constructivo es siempre acudir a nuestra capacidad de discernir si esta relación sigue siendo lo que ahora me apoya mi desarrollo o, por el contrario es necesario cambiar, aceptando la divinidad del otro de la misma manera que aceptamos la nuestra y comprendiendo que la vida está llena de encuentros, desencuentros y nuevos encuentros.

Discernir implica aceptar. Juzgar implica rechazar. Y el rechazo es un tipo de apego pero en sentido negativo.

Jorge Santana

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